Hay un pasaje del Evangelio de Lucas que, entre todos, me parece de los más exigentes: "amen a sus enemigos, hagan bien a los que los odian, bendigan a los que los maldicen, oren por los que los maltratan" (Lc 6:27-28).

No es una idea nueva para mí, pero la he ido entendiendo distinto con los años. En el mundo en que se escribió, "amar al prójimo" ya era un mandamiento conocido. Amar al enemigo era otra cosa completamente. Y el verbo que se usa en el texto original no describe un sentimiento de cariño — describe una decisión de voluntad orientada al bien del otro, sin importar lo que sientas por él. No te piden que sientas afecto por quien te dañó. Te piden que actúes buscando su bien de todas formas.

Recuerdo de niño un golpe fuerte — un vaso que me pegó en la nariz — y el resentimiento que cargué después de eso. Durante un tiempo, cada vez que me acordaba, lo revivía. Hasta que un día decidí practicar el perdón de verdad: mandarle oración a quien me había hecho daño. Fue de las primeras veces que hice esto de forma consciente, siendo joven, y con el tiempo entendí la fuerza real que tiene — la fuerza de la liberación.

Hoy ya es hábito. Cada semana mando oración a las personas con las que, por alguna razón, haya tenido alguna fricción o distancia — incluso cuando no estoy seguro de qué fue exactamente. Es una forma de limpiar constantemente mi energía y mi espacio, hacia afuera y también hacia adentro, porque el perdón no es solo para el otro. También es perdonarte a ti mismo.

Hay evidencia real detrás de esto. El Dr. Fred Luskin, de la Universidad de Stanford y fundador del Stanford Forgiveness Project, ha documentado que sostener el resentimiento mantiene activo el sistema de estrés del cuerpo — cortisol elevado, presión arterial alta — mientras que practicar el perdón reduce ese estrés y fortalece el bienestar. No es solo una idea espiritual bonita. Tiene un costo físico real cargar el rencor, y un beneficio físico real soltarlo.

"El amor no tiene que ser un sentimiento — puede ser, primero, un acto de voluntad. El sentimiento, muchas veces, llega después." — C.S. Lewis

Una aclaración importante, porque esto se malinterpreta fácil: amar al enemigo no es ser ingenuo, ni permitir que te sigan haciendo daño. Orar por alguien y desearle bien no significa eliminar límites sanos ni volver a confiar ciegamente. Es posible mantener una distancia sabia y, al mismo tiempo, soltar el peso del rencor.

La herramienta — antes de actuar hacia quien te dañó, pregúntate:

  1. ¿Qué bien puedo desearle o hacerle, sin necesidad de exponerme de nuevo?
  2. ¿Qué límite sigue siendo sano mantener, aunque ya haya soltado el rencor?
  3. ¿Qué gano yo, más allá de lo que le pase a la otra persona, al dejar de cargar esto?

No sé si algún día se siente "fácil" perdonar a quien te ha dañado fuerte. A mí todavía me cuesta con algunas heridas. Pero cada vez que lo practico, siento que limpio algo que no me tocaba cargar.

Reflexión final

¿Hay alguien hoy hacia quien sigues teniendo una postura cerrada? ¿Cómo se vería hacerle bien, sin que eso signifique volver a exponerte?

Fuente: Dr. Fred Luskin, Stanford Forgiveness Project, Universidad de Stanford.